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Ayer, Noticias Caracol presentó una nota donde cuestionaba el hecho de que en las clases de Sociales de básica primaria “en el país”, aún no explicaban con claridad el tema del fallo de La Haya.

Fallo donde al archipiélago de San Andrés y Providencia, se le ratificó la soberanía sobre las islas mayores y menores. Sentencia que, además, delimitó las fronteras marítimas 531 kilómetros más hacia el este, reconociéndole a Nicaragua soberanía y derechos marítimos en dichas aguas partiendo desde de las 200 millas náuticas desde sus costas. 

La periodista tomó como ejemplo a un reconocido colegio bogotano. Los docentes aducen que los libros de Sociales aún no se alinean al contexto actual. Los libreros de academia sostienen que todavía hay que esperar; “el tema del fallo de La Haya tiene mucho por desarrollar” precisa su portavoz.

Los niños consultados, si acaso, conocen la isla porque fueron a vacacionar.

Si eso pasa en la capital, donde se toman las grandes decisiones, ¿qué se dejará para la provincia marginal? 

La realidad nacional no puede ser tratada en los primeros años de academia con la tibieza típica de aquel papá que le explica a su hija cómo vino al mundo.

Ni la edad y mucho menos la condición social, étnica o religiosa, pueden ser motivos para negarle la posibilidad a nuestros niños y niñas de conocer el devenir de su entorno.

Ellos deberían saber quién es Javier Cáceres y  por qué lo condenaron. A nuestros pequeños bolivarenses no deberíamos negarles la posibilidad de analizar al ilustre Álvaro García Romero y su prolífico prontuario. Recordarles que cerca a sus casas, en Macayepo, masacraron 15 personas.

Con lúdica 'uribista', deberíamos enseñarles a los aprendices que el fin no justifica los medios y que la guerra no es el camino para la paz. Con la misma lúdica, pero esta vez 'santista', deberíamos impartir que la paz sin justicia social es una quimera y que a los Derechos Fundamentales les debe asistir la posibilidad.

A los infantes colombianos hay que concienciarlos de que la reencarnación, como la concibe la politiquería colombiana, es nefasta. En los libros como ejemplo gráfico irían -entre muchas otras - imágenes de Astrid Sánchez Montes de Oca, Arleth Casado de López, Piedad Zuccardi de García y Teresita García Romero.

En Cartagena, por ejemplo, la historia dirá que hubo un alcalde “cheverón” que fue locutor, que enfermó y se retiró. Y así, impune, será lo que se aloje en el hipotálamo del pequeño Rogelio. Sin más detalle. 

El servil noticiero de Luis Carlos Vélez, en su reportaje, confirma cándidamente que la educación básica y media colombiana sufre de un oscurantismo académico endémico. Las universidades públicas, con tapabocas, tratan de evitar una inminente infección. El tamiz de estas no es suficiente; se cuelan entes invadidos por la mediocridad mental traída de sus colegios. E influida por los medios.

Es por ello que, sin duda, motivar desde la educación primaria a la disección, a una interpretación responsable pero sobre todo bien asistida de lo que ocurre alrededor, nos permitirá tener en un futuro a individuos críticos, con capacidad para repensar la realidad y deconstruir el estado de las cosas sin perder de vista la memoria colectiva, la cultura y todos aquellos procesos y elementos que robustecen el desarrollo de los pueblos.

Rogelio, luego del tradicional Padre Nuestro, costumbre matutina antes de entrar al salón de clases, debería interiorizar El analfabeto político de Bertolt Brecht y, junto con sus compañeros, desmenuzarlo en clase, frase por frase, hasta que se hiciera a su sentido. 

Cuando lo asimile, entenderá por qué sus zapatos rotos aún no han sido remplazados; por qué fue al colegio sin desayunar; por qué su padre roba para llevar algo de pan a la casa y por qué le toca recorrer kilómetros para llegar a una choza de boñiga a punto de caer, donde le espera su madre a quien debe curar una herida infectada que nunca recibió atención. Todo ello, mientras que a otro lado del puente un 'ilustre ciudadano' a quien nadie le conoce trabajo alguno se gasta en una noche, en un casino, lo que un obrero colombiano se gana en varios años. Ya no será el mismo.


* Comunicador Social - Periodista de la Universidad de Cartagena


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El analfabeto político
Por Juan Diego Perdomo Alaba *


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