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Cortesía
Repensar las fiestas del 11 de noviembre
Por Freddy Durante Racero

Hace 25 años, al caer la tarde de un día de fiestas de noviembre, apostados al final de la acera izquierda de la calle San Antonio de Getsemaní, justo enfrente de la Plaza de la Trinidad, mientras me ofrecía un trago de ron blanco que servía de una botella guardada en una talega de tela que siempre cargaba, y como quien sirve una degustación de café, casi cada 5 minutos, Jorge García me asaltó con estas palabras: "hemos visto hoy toda una muestra de celebración festiva, sin un solo acto de agresión contra nadie como elemento perturbador de la fiesta, todos divirtiéndose en medio de un gran espectáculo de gozo colectivo". Rato después el ruido y chisporroteo de un buscapiés interrumpió la fiesta por breves instantes, pero se reanudó luego de que algunos asistentes reconvinieran al desafortunado agresor. Era ese uno de los principales códigos de conducta que la organización del Cabildo de Getsemaní había impuesto para que no se afectara su realización. En los años siguientes se fueron reactivando y organizando en muy diversos barrios y sectores algunas muestras de fiesta colectiva alrededor de la celebración del 11 de noviembre, tales como mascaradas, comparsas y desfiles de carnaval, que tuvieron como eje central la reanimación y recuperación de las fiestas de noviembre, víctimas de una evidente pauperización y degradación, así como de una injusta desidia oficial.

He querido referirme a este evento en particular, el Cabildo de Getsemaní, porque creo que es el punto de quiebre de la fiesta degradada con la auténtica, de todas las expresiones festivas que han concurrido en la ciudad o, por lo menos, una muy buena representación. Luego del empobrecimiento de las festividades novembrinas, el primer asomo de un proceso de recuperación festiva lo constituye, sin duda, el Cabildo de Getsemaní. 

A riesgo de ser polémico, poco amigo de mis amigos, o parecer enemigo de un proceso de revitalización de las fiestas con rostro propio y bien orientado, voy a exponer, muy brevemente, mi punto de vista sobre el actual desenlace de esta efeméride para la vida de la ciudad: las fiestas del 11 de noviembre. Así las llamo porque así las conocí de siempre.

En primer lugar, sigo creyendo en una fiesta desbordada de alegría donde quepamos todos sin excepciones ni agravios, sin importarnos si llueve o hace sol, si es de noche o va a amanecer. Todo el pueblo goza. El estado o la oficialidad, promueve, anima, protege, es cómplice de la fiesta. Lo que hemos vivido luego de más de dos generaciones dista mucho de ser lo que la ciudad vivió en otras épocas de festejo popular, o del sueño de fiesta que a muchos nos alienta.

Muy a pesar de todos los avances logrados, estoy convencido de que la fiesta auténtica no es solo la coreografía o lo colorido del desfile de carnaval que pasa por la avenida, la danza de carnaval  o la máscara de disfraz; estas son, apenas, expresiones festivas que tiene origen en la celebración. En consecuencia, la fiesta es la alteración del estado emocional de los seres humanos por el júbilo de todos ante una celebración o rito, casi siempre pagano. Universalmente ha sido así.

Nunca fui amigo del nombre Fiestas de Independencia, pero (contrario al texto de la política pública de fiestas proclamada en el foro Pensar las Fiestas, del año 2004), nos sigue fascinando lo mesiánico, y a los funcionarios públicos los seduce rebautizar cuanto monumento o plaza van redescubriendo. Han sido saltos equivocados en la historia cuando ni siquiera se superaron las grandes debilidades.

Hay evidentes signos de avance en el conocimiento de la historia y la organización de algunos eventos, no obstante, discrepo abiertamente de la llamada reinvención de las fiestas, y no estoy muy seguro de que el proceso de revitalización que se adelanta desde su comité vaya a contribuir con la recuperación de la fiesta perdida. Sin embargo, y después de haber participado en todo ese proceso desde sus inicios, no me opondré. Cuenten con ello.

Existe un limitado caudal de intereses en la organización de los eventos propios de los festejos de noviembre que son el agitador principal (y tal vez el único) de toda la dinámica, y que corren gran riesgo de verse afectados por el rumbo que pueda tomar la continuidad de la fiesta. El resto de la ciudad, y en la medida de sus posibilidades, una buena parte corre a alistar maletas para emprender su viaje a cualquier parte que los aleje de una fiesta inexistente, o a refugiarse en sus casas esperando que pasen los días de ocio y miedo.

La ciudad asiste inerme y rendida a un evidente ocaso de su convivencia ciudadana, se perdieron los ejes principales que pueden conducirla: el sentido de la autoridad y el bien común. Es una ciudad que se nos rebeló sin aparente remedio y que asusta el solo hecho de salir a la calle.  En medio de ese clima de hostilidad, cualquier festejo, por mucho celo y organización, va a reproducir todas las formas de conducta y convivencia, en vez de disiparlas o superarlas. No hay lugar seguro en medio de tanto desbarajuste.

Como no quiero pecar por diletante, y muy seguramente me reclamarán por no proponer un plan proactivo, estimo conveniente que al lado de la propuesta para la declaratoria de patrimonio inmaterial de las fiestas, se promueva un proyecto de ley de reforma constitucional que nos devuelva la festividad del 11 de noviembre, y que esa fecha sea declarado nacionalmente día festivo en todo el territorio nacional. Muchas razones tenemos ya para estar seguros que el 11 de noviembre la gesta independentista de la provincia de Cartagena contagió todo el país con un nuevo aire.


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