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Una lluvia copiosa enfrió la madrugada del viernes 4 de octubre en Cartagena. Eran las 4:47 de la mañana y la temperatura llegaba a los 23 grados. La van con cupo para doce personas se llenó en el barrio Los Alpes y ya partía con rumbo a Magangué, a unos 151 kilómetros de distancia en línea recta. "Son tres horas y media de viaje, aproximadamente", dijo Iván Darío Torres, el conductor elegido. Claro, no contaba con que el aguacero bañaría durante el recorrido el paisaje del norte y centro de Bolívar.

El viaje iba a durar casi una hora más de lo previsto. Lo aconsejable, dicen los viajeros recurrentes por esta región, es que no pienses en una hora de llegada. Creer que llegarás a la hora pronosticada es toda una fantasía.

Empieza la aventura y enseguida distinguimos que la travesía es, sobre todo, gastronómica: en cada uno de los peajes, los vendedores se acercan para vender diabolines, arepas con huevo, tintos tibios, almojábanas y, más adelante, en las cercanías de los Montes de María, galletas chepacorinas, suero montemariano guardado en botellas de plástico y enormes panochas con coco. Al llegar a San Jacinto, la travesía también empieza a ser musical y artesanal. Mochilas, sombreros vueltiaos, hamacas de vivos colores..., y los sonidos de una gaita traversa que vuelan en alguna calle, los de unos acordeones por ahí cerquita y el de algún tambor alegre más adelante, hacen que uno confirme que la banda sonora de Bolívar es única y diversa. 

Bolívar es un departamento alargado, con carreteras a medio terminar en algunas zonas y sin empezar en otras. Es la tierra del olvido. "Basta recorrer la vasta geografía del Departamento para apreciar el tipo de sucesivos malos gobiernos que hemos sufrido", dijo en algún momento un sabedor de la región.

A las 9:35 de la mañana llega la van de Iván al puerto de Magangué. La lluvia había logrado que no se sintiera, como algunos temíamos, el fuerte calor que con frecuencia se sufre en este hermoso pueblo a orillas del río Magdalena.

El olor a bocachico fresco recibe a las personas que hacemos fila para comprar el tiquete de 7 mil pesos que nos permitirá montarnos en una chalupa. Y es que el municipio más grande de Bolívar, después de Cartagena, te ofrece dos opciones marítimas para llegar a Bodega, lugar desde donde el recorrido final hacia Mompox es a bordo de un vehículo terrestre. Una de ellas es esta lancha artesanal con capacidad para 16 personas y la otra es un ferry que parece un navío de otros tiempos. Subirse en uno de estos te produce la sensación de que todos los colores se tornan sepia, a la espera de encontrarte por ahí con Florentino Ariza y Fermina Daza disfrutando de su amor eterno.

Compramos nuestros tiquetes para subirnos a la chalupa. "Cocompa, susúbanse que ya nos vavamos", dice un hombre con notoria disfemia.

Para subirse a la chalupa, cuyo viaje hacia Bodega dura poco más de 20 minutos, casi 40 menos que en un ferry, hay que pasar por un puente arcaico con tablones mal colocados. Se llenan los cupos y se enciende un motor ruidoso. Varias personas se reconocen, se saludan y se dicen que están ansiosas por disfrutar el festival que los espera.

Alguien se encargaría de recordarnos que estamos en pleno Caribe colombiano; cuando aparece otra vez el tartamudo con una nueva recomendación, le pregunta con seriedad de notario: "Hermano, ¿por qué no te inscribiste en 'La Voz Colombia'?"

El viaje empieza y pronto hemos de apreciar que el río es de color pardo. El aguacero disminuye su intensidad. Minutos después, el piloto de la chalupa desacelera el motor y llegamos finalmente a Bodega. Las peripecias para bajarnos de la chalupa son dignas de un aventurero de National Geographic. El intenso aguacero llenó de barro el camino hacia el lugar donde nos esperaban los taxis que habrían de llevarnos a Mompox. Uno de los conductores aseguraba que en su vehículo cabíamos todos. "Somos 5 personas, más los equipos", le dijimos. Al final, abordamos dos carros.

- Son como 40 minutos, ¿cierto, amigo? - le pregunto al conductor.

- No, hoy nos demoramos como una hora. Más adelante pasaremos por una carretera destruida que la lluvia dañó más todavía. ¡Ahorita la verán! - exclama el taxista. "Esperamos que la arreglen pronto para que vengan más seguido por acá", recalcó.

El taxi pasa primero por Cicuco, minutos más tarde por Talaigua Nuevo, el pueblo donde dicen que nació Totó La Momposina, la cantaora mayor, y finalmente, tras 34 kilómetros de recorrido y luego de transitar carreteras inconclusas y puentes tan enclencles que parecen sostenidos por una mano divina, se llega a la Ciudad de Dios. Son las 11:40 de la mañana y poca gente está en las calles mojadas. Se ven, en unas motocicletas, varias personas llevando afiches del Mompox Jazz Festival, y se escucha a lo lejos, como dándonos la bienvenida, un saxofón con las notas de 'Noches de Cartagena'.

El paso del tiempo en este pueblo es diferente al de otros lugares. Todo se conserva igual que en épocas remotas. Pareciera que los siglos transcurridos en Mompox fueran los decenios de cualquier otro lugar de Colombia. Seguramente fue -esa - una de las razones por las cuales el centro histórico de Mompox fue declarado Monumento Nacional en 1959 y, años después, en 1995, la UNESCO le confiriera el título de Patrimonio de la Humanidad. Posiblemente también fue por ese sonido diáfano de las campanas, por esas fachadas tan bien cuidadas de las iglesias, por esa magia que se siente en cada parque o plazoleta. Si no fuese porque los momposinos visten como cualquier mortal, con camisas y pantalones modernos y, en ocasiones, con zapatos y sandalias de marca, cualquiera pensaría que en Mompox aún viven condes y marquesas.

- No hay camas disponibles en los hoteles - dice el taxista mientras nos ayuda a descargar las maletas. Se ve que hay mucha más gente que el año pasado.

La casa-hotel donde nos bajamos mis compañeros y yo -el Hotel Restaurante San Andrés - está en mitad de la tradicional Calle Real del Medio; es una edificación de una sola planta, con un cuidado jardín en la parte delantera. Cuadros grandes en las paredes, con dibujos de hombres y mujeres desnudos, adornan el lugar. La pintura de las habitaciones, en algunas partes, se ve desconchada, acentuando una sensación de abandono y de antigüedad.

Dejamos -raudos - los equipajes y salimos a caminar por las calles momposinas. Cuadras más adelante entro a 'Vinomompox', un reconocido establecimiento donde venden vinos de todo de tipo de frutas, desde el de corozo hasta el vino de mamón.

- Estamos felices de tenerlos por acá. Acá decimos que quien vino a Mompox y no tomó vino, no vino - comenta Abaso Sanavaro, el gerente del negocio, mientras me invita a degustar el famoso vino de corozo. Sonríe con evidente picardía cuando le pregunto si está contento con la realización de este festival.

- Claro, señor, vendemos más en estos dos días que en cualquier otro momento del año. Gracias a Dios ya no sólo tenemos la Semana Santa para que nos visiten. Además, el festival es muy bonito. Esa música, al menos a mí y a mis hijos, nos gusta mucho.

En el cruce de una calle camina desprevenidamente, como Pedro por su casa, el músico cubano Alfredo De la Fe, quien brillaría en el concierto de inauguración. El gobernador de Bolívar, Juan Carlos Gossaín, lo recibiría poco después en una casa donde se encuentran -además - varios músicos y periodistas, y le daría un abrazo efusivo.

Más tarde amaina la lluvia y los transeúntes, como si les estorbara, comienzan a guardar sus paraguas. Los vendedores de quesos de capa y de casabes de coco quitan las bolsas de plástico con que protegían sus productos y comienza la venta en firme. Y es que el festival de Mompox suena a jazz, pero siempre sabrá a quesito de capa.
Jóvenes con disfraces de carnaval ensayan en la Casa de la Cultura el desfile que realizarán al día siguiente. En una esquina, el poeta momposino Josse Sarabia declama versos mientras se alista a tomar unas cervezas con unos amigos de Cartagena. Músicos con flautas, trombones y saxofones inician el 'Street Jazz' en cada esquina de cualquier calle de Mompox. La gente acude a la convocatoria que la música les hace con su lenguaje aéreo. En un pueblo que te hace volver al pasado, los smarthphones también son protagonistas: las fotos y videos van y vienen. Los momposinos ya saben que su pueblo será señalado en muchos mapas y en cada perfil de Facebook de los turistas que los visitaron.

El mediodía llega, la lluvia se va completamente y el festival empieza a dibujarse en los rostros alegres de los momposinos y visitantes que conversan -conversamos - como si se conocieran -nos conociéramos - de toda una vida. El hambre del mediodía nos lleva, a varios visitantes, hasta la albarrada, y un inolvidable olor que nos envuelve a todos por igual nos hace arrimar al popular restaurante 'Comedor Costeño'. Pato guisao, bocachico frito, bagre, gallina criolla, chuleta de cerdo y mojarra frita hacen parte del menú del día. Un visitante, cuya presencia llama la atención de los presentes, llega y ordena su pedido:

- Señora, deme dos platos de gallina criolla y uno de chuleta de cerdo - le dice a doña Mery Gándara de Barrera, la propietaria del establecimiento. Se trata de Tostao, el líder del grupo Chocquibtown, el plato fuerte del festival que habría de presentarse en el concierto de clausura.

Por la tarde, toda la atención se traslada a la Plaza Santa Bárbara. La carpa está instalada. El escenario ya está listo. Los artistas se encuentran ensayando. Las sillas de plástico, poco a poco, empiezan a llenarse. El calor sofoca a Jerau, el artista pop de la noche. Unos estudiantes del Sena de Mompox empiezan a organizar lo que será la sensación gastronómica de la noche: picadas con pollo, chorizo y butifarras, bollos de todo tipo y quesos de capa. Y un delicioso jugo de corozo que Raymundo Ángulo -el presidente del Concurso Nacional de Belleza - y varios de sus amigos degustaron toda la noche.

Cerca de las 7 y 30 de la noche la plaza ya estaba abarrotada. Los presentadores Claudia Carmona y Jairo Martínez subieron al escenario para dar inicio el concierto de inauguración del II Mompox Jazz Festival. En un instante, el sonido del jazz descendía sobre el boquete de un saxofón que sostiene allá arriba, en el campanario de la iglesia Santa Bárbara, un músico de la Universidad de Bellas Artes de Cartagena. Unos fuegos artificiales retumbaron, de repente, en el cielo momposino: un cielo sin estrellas pero colmado de cucarrones atrevidos.

La tragicomedia macondiana en todo su esplendor: la Big Band de la Universidad de Bellas Artes iniciaba el show con la conocida banda sonora de las películas de James Bond, y enfrente, en cada silla, decenas de personas intentando esquivar a los persistentes insectos, como si se trataran, precisamente, de enemigos malignos del agente 007.

El gobernador de Bolívar, gestor y promotor principal del evento, prefirió no dar discursos. A cambio, pasó un papel a la presentadora en el cual había transcrito los versos de un poema de Josse Sarabia dedicado al Festival. La poesía por encima del discurso. Debía entenderse, con ese gesto, que se trataba de un evento único en todos los sentidos.

Habría de presentarse en tarima un joven músico cubano, Alfredo Rodríguez, a quien Quincy Jones, el famoso productor musical que impulsó la carrera de Michael Jackson, catalogó como el mejor pianista del mundo en la actualidad. En pocos segundos los asistentes empezaron a saber el porqué de esa declaración. Mientras el músico cubano posaba sus dedos sobre el teclado, muchas personas llegaron a pensar que un espíritu lo había poseído. La velocidad de su ejecución y la fuerza con la que lograba hacer emerger cada nota, hicieron que todos los asistentes lo aplaudieran hasta el frenesí. Muchos ¡wauuu! habrían de escucharse durante la actuación de Rodríguez, especialmente cuando interpretó el clásico 'Guantanamera' como nunca antes se había escuchado.

Otro Alfredo, también cubano y, claro, más reconocido por los colombianos, pero de apellido De La Fe, salió más tarde al escenario para conquistar la noche momposina. El momento cumbre inició con sus palabras: "Nunca había sentido tanta magia en la vida como la que he sentido estando en Mompox. Quien no ha venido a Mompox no conoce Colombia". Y el titular de la noche lo soltó segundos después: "¡Mompox es Gabo en vivo!".

El músico, quien vive desde hace 14 años en Colombia, ha tocado con los más grandes intérpretes de la salsa y ha recorrido el mundo entero deleitando con su espectáculo a millares de espectadores, dijo que quería demostrar con su violín lo que no podía decir con sus palabras acerca de la felicidad que sentía en Mompox. Y lo hizo: agarró y acarició literalmente el violín como a una afectuosa amante, uniendo así su magia a los encantos de Mompox. Con todos los asistentes de pie, el artista se introdujo entre el público y recorrió la plaza, tocando y bailando, mientras todos, de pie, lo aplaudían y abrazaban. Fueron unos minutos mágicos en los cuales el murmullo de las chalupas retozando con el río, a pocos metros del lugar, y el sonido del revoloteo de los impertinentes cucarrones, parecían hacer parte del concierto.

El festival continuó hasta iniciado un nuevo día. El cuarteto de jazz de la Universidad de Tennessee y Monsieur Periné, que estuvieron también en la primera edición hace un año, concluyeron con éxito el primer día de festival. Algunos se fueron a descansar; otros -muchísimos - queríamos continuar la rumba.

Sigue >>> Segundo día del Mompox Jazz Festival <<< hacer click


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     CULTURA
En Mompox suena el jazz y bailan hasta los cucarrones
Por Juan Camilo Ardila Durante - Enviado especial





El Mompox Jazz Festival será, por siempre, el pretexto perfecto para viajar, al menos una vez al año, a la Ciudad de Dios.

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En el II Mompox Jazz Festival, tras un día de lluvia las estrellas brillaron más



Fotos de Cottmedia