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Tribuna Libre
De lentejos y voltiarepas
Por Carlos Ardila González

Quien lo creyera. Siempre había creído que la verticalidad y la consistencia eran unos importantes valores, y ahora resulta que es exactamente lo contrario: que cambiar de bando como quien se muda de ropa es una virtud, que luchar hoy contra la corrupción y apoyar mañana a sus personeros es señal de inteligencia, que hablar contra la financiación de campañas en unas ocasiones y convivir con ellas en otras es prueba de sabiduría.  

Así lo dicen diferentes articulistas a nivel nacional y lo practican decenas de dirigentes en Cartagena. En un artículo titulado "Ojo con los consistentes", publicado en distintos medios informativos el pasado domingo 21 de agosto, el ex ministro Juan Manuel Santos expresó -me imagino que sin ruborizarse- que quienes persisten en ser verticales y consistentes son unos imbéciles, ya que, según él, "una de las mejores definiciones de la inteligencia es saberse adaptar a los diferentes entornos".

De acuerdo con Santos, "hay que tenerle cuidado a los que siempre se muestran consecuentes, a los totalmente consistentes, a los que nunca cambian de opinión. Deben ser brutos y por ende peligrosos". En su concepto, "la política es dinámica por definición. Las circunstancias cambian de la noche a la mañana. Lo que hoy es, mañana puede no ser". En defensa de su criterio cita al periodista Eric Dupin, quien escribió de Mitterand: "su inconsistencia era su gran constancia", y a su abuelo Calibán, "quien se ufanaba de cambiar de opinión en sus escritos".

De aceptar esa tesis, debo entonces reconocer que en Cartagena existe una pléyade de individuos que son unas auténticas lumbreras. Asimismo, debo admitir que soy un bruto graduado de imbécil inscrito en un post grado de cretinismo avanzado. Y lo digo, porque a pesar de que día a día crece la lista de quienes se alían con quien sea (incluso con individuos cuyas prácticas han cuestionado de manera pública o privada), con tal de que les garantice una cuota de poder o un porcentaje de las partijas contractuales o burocráticas que van a manejarse durante los próximos años, yo sigo convencido de que el fin no justifica los medios y que por encima de todo está la dignidad, la credibilidad -principalmente para aquellos que, como nosotros los periodistas, la debemos tener como nuestro principal patrimonio- y, aunque suene a cándido e ingenuo, el interés colectivo y no el particular.

Y soy un ignorante confeso y condenado a cadena perpetua porque, sencillamente, no me cabe en la cabeza que deba deponer mis principios por una cuota de poder, cuando el poder de mi profesión lo otorga justamente la fortaleza de mis principios. Y esto vale, creo yo, no sólo para el ejercicio del periodismo sino de todos los oficios y profesiones.

Pero también advierte en su columna el escudero presidencial que "por supuesto que la política está plagada de oportunistas, de traidores, de los que se venden por un plato de lentejas, de los que sólo piensan en sus ambiciones personales. Bien se sabe que la lealtad y la gratitud son virtudes muy escasas entre los ambiciosos de poder". Y en esto sí que estamos de acuerdo con el señor Santos. Es claro que esas prácticas son las que los colombianos no nos cansamos de observar con perplejidad. Y muy particularmente los cartageneros.

En uno u otro caso, yo seguiré admirando al dirigente vertical, de una sola palabra, y no al veleidoso e inconsecuente. Jamás podré entender que se critiquen las prácticas corruptas pero se impulse su entronización. Enemigo del maniqueísmo, siempre rechazaré a quienes de labios hacia fuera se expresan contra los financiamientos ilícitos, los dirigentes políticos comprometidos en actos de corrupción y los líderes populares igualmente corrompidos, pero aceptan su presencia cuando con unos y otros hacen causa común.

Seguiré, pues, siendo un bruto convencido. Y un imbécil declarado. No seré jamás tan inteligente como para aceptar que lo que ayer fue malo para la ciudad hoy sea su esperanza de redención.

Y algo más, a manera de advertencia: que no me salgan con que, si una supuesta mayoría insiste en continuar transitando por un determinado sendero, los equivocados somos los que, en aparente minoría, persistimos obstinadamente en andar por un camino distinto. Para el caso concreto del proceso eleccionario que actualmente se desarrolla en Cartagena, sigo creyendo que debe escogerse a la persona con mejor hoja de vida, sí; con mejores compañías, también; pero igualmente más proba y transparente. Con el derecho que me asiste como ciudadano a votar libre y soberanamente por quien, en mi concepto, reúna mínimamente esos requisitos, y con el conocimiento que tengo de la trayectoria y los antecedentes de la mayoría de los candidatos en disputa, tengo bien claro por quien jamás podría votar.

Ni que él fuese el único candidato o yo su último contradictor. 



cardilared@hotmail.com

Septiembre de 2005

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